This Sunday we celebrate one of the biggest Solemnities of the Church year: The Solemnity of Our Lord Jesus Christ, King of the Universe—more commonly referred to, and still known by most, as Christ the King. This is especially familiar to us Lexingtonians because of our cathedral’s title. And I’m thankful we can abbreviate it as CTK rather than OLJCKU!
Interestingly, while every Mass is a celebration of Christ’s sacrifice, there are surprisingly few feasts that celebrate Jesus Himself—His identity, qualities, or mysteries. Among them are Christ the King, The Sacred Heart of Jesus, Corpus Christi, The Holy Name of Jesus, and even The Most Holy Trinity. Far more liturgical celebrations commemorate events of Jesus’ earthly life.
So what inspired the Church to institute a Mass that focuses specifically on Christ’s kingship?
The solemnity—one of the newest in the Church—was established in 1925 by Pope Pius XI, originally placed on the last Sunday of October (and later moved in 1969 to the final Sunday of the liturgical year). Its creation was a direct response to a post–World War I world that was becoming increasingly secular. Nationalistic and authoritarian governments were distancing themselves from Christian foundations, and many societies were abandoning any public acknowledgment of God. Pius XI hoped that by celebrating Christ’s kingship, the faithful would reclaim a sense of stability and peace—not through earthly power, but by confidently placing their lives under the gentle and just reign of Christ.
The feast proclaims that there is no true King aside from Christ, who sits at the right hand of the Father and holds dominion over all creation. Yet Christ’s kingship is utterly unlike worldly authority. He rules not by coercion but by self-giving love; not from a throne of gold but from the wood of the Cross. His crown is woven of thorns, and His victory is mercy. His kingdom transforms hearts rather than territories.
The solemnity has since been widely adopted across Christian traditions, speaking to a universal yearning for hope amid the political and social turmoil of the twentieth century and beyond. Moving it to the end of the liturgical year deepens its connection to the Christ of the end times, the One whom Revelation names the Alpha and the Omega, the Lord of history who reigns forever.
As we close another liturgical year, this feast invites each of us to renew our allegiance to Christ:
to let His truth guide our decisions,
His mercy shape our relationships,
and His kingship define our priorities.
In proclaiming Christ the King of the Universe, we also proclaim Him King of our hearts and homes.
Cristo Rey
Este domingo celebramos una de las solemnidades más importantes del año litúrgico: la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, conocida por la mayoría simplemente como Cristo Rey. Para nosotros en Lexington, este título nos resulta aún más cercano por nuestra catedral. Y, por cierto, ¡qué bueno que podamos abreviarla como CR o CTK y no como NSJCRU!
Es interesante notar que, aunque cada Misa celebra el sacrificio de Cristo, hay sorprendentemente pocas fiestas que celebran a Jesús mismo: su identidad, sus cualidades y sus misterios. Entre ellas se encuentran Cristo Rey, el Sagrado Corazón de Jesús, Corpus Christi, el Santo Nombre de Jesús e incluso la Santísima Trinidad. Muchas otras celebraciones litúrgicas recuerdan eventos de la vida terrena de Jesús.
Entonces, ¿qué inspiró a la Iglesia a instituir una fiesta que se enfocara específicamente en la realeza de Cristo?
Esta solemnidad—una de las más recientes en la Iglesia—fue establecida en 1925 por el Papa Pío XI, originalmente en el último domingo de octubre (y trasladada en 1969 al último domingo del año litúrgico). Su creación fue una respuesta directa a un mundo después de la Primera Guerra Mundial que se estaba volviendo cada vez más secular. Gobiernos nacionalistas y autoritarios se alejaban de sus raíces cristianas, y muchas sociedades ya no reconocían públicamente a Dios. Pío XI deseaba que, al celebrar la realeza de Cristo, los fieles encontraran nuevamente paz y estabilidad—no en el poder humano, sino en la realeza suave y justa de Cristo.
La fiesta proclama que no existe otro Rey verdadero más que Cristo, quien está a la derecha del Padre y tiene dominio sobre toda la creación. Sin embargo, la realeza de Cristo no se parece a ningún poder terrenal. Él reina no por la fuerza, sino por el amor que se entrega totalmente; no desde un trono de oro, sino desde la cruz. Su corona es de espinas, y su victoria es la misericordia. Su reino transforma corazones, no territorios.
La solemnidad ha sido recibida y celebrada ampliamente en muchas tradiciones cristianas, pues habla a una necesidad universal de esperanza frente a la agitación política y social del siglo XX y de nuestro tiempo. El traslado de la fiesta al final del año litúrgico profundiza su conexión con el Cristo del fin de los tiempos, aquel que el libro del Apocalipsis llama el Alfa y la Omega, el Señor de la historia que reina para siempre.
Al cerrar un año litúrgico más, esta fiesta nos invita a renovar nuestra lealtad a Cristo:
a dejar que su verdad guíe nuestras decisiones,
que su misericordia modele nuestras relaciones,
y que su reinado oriente nuestras prioridades.
Al proclamar a Cristo como Rey del Universo, también lo proclamamos Rey de nuestro corazón y de nuestro hogar.