While the Roman Missal and the Lectionary are the books most frequently used at Mass, the book that is most visibly highlighted is the Book of the Gospels. Often large and relatively thin, it is not uncommon for this book to appear richly adorned, even golden in its exterior. When it is used (and it is not strictly required), it becomes part of the entrance procession. At Mary Queen, the deacon—or a lector when no deacon is present—processes with the Book of the Gospels held slightly elevated. It is then placed prominently on the altar, the central furnishing of our worship. This placement is not accidental. The first half of the Mass, the Liturgy of the Word, reaches its high point in the proclamation of the Gospel.
Why does the Church elevate the Gospel in this way? Quite simply, the Gospel presents the words and actions of Jesus himself, addressed directly to us, his people. God speaks through all of Sacred Scripture, but in the Gospel he speaks in the very manner Christ spoke while he walked among us. For this reason, the proclamation of the Gospel is surrounded by more ritual than any other reading. An Alleluia—an acclamation of praise—precedes it, accompanied by a carefully chosen verse. A blessing is given to the minister who will proclaim the Gospel. Only ordained clergy may proclaim the Gospel at Mass, as this responsibility is entrusted to them at ordination and flows from their particular role of proclaiming Christ in the assembly.
At Mary Queen, candles often accompany the Gospel procession, a simple but powerful symbol of Christ, the Light of the World. The introduction and conclusion of the Gospel are also more solemn than those of the other readings, marked by the dialogue, “The Lord be with you,” and the response, “And with your spirit.” We trace the sign of the cross on our foreheads, lips, and hearts, asking that God’s Word be in our minds, on our lips, and in our hearts. At Masses celebrated by a bishop, it is not uncommon for the Book of the Gospels to be used for a blessing at the conclusion of the Gospel, as you may have seen at Fr. John’s ordination.
Given all of this ritual care, it makes sense that the Book of the Gospels itself is often so elaborate. The Church’s desire to offer the best of her resources for the proclamation of God’s Word flows from reverence, gratitude, and love—not excess.
If you look inside the Book of the Gospels, you will notice that it is organized by liturgical season and day, not according to the biblical order found in a personal Bible. The text is free of verse numbers and scholarly notation. This book is designed not for study, but for proclamation. It is meant to be heard clearly and received prayerfully.
This elevated reverence for the book from which Scripture is proclaimed has deep roots in Jewish worship, where the Word of God is similarly honored—most notably through the use of the Torah scroll. While Christians use books rather than scrolls, the instinct is the same. So the next time you are at Mass, notice the Book of the Gospels, and recognize that the ritual surrounding it is meant to prepare us to receive not just words, but the living Word proclaimed in our midst.
Aunque el Misal Romano y el Leccionario son los libros que se utilizan con mayor frecuencia en la Misa, el libro que se presenta de manera más visible es el Libro de los Evangelios. A menudo es grande y relativamente delgado, y no es raro que esté ricamente adornado, incluso con un exterior dorado. Cuando se utiliza (y no es estrictamente obligatorio), forma parte de la procesión de entrada. En Mary Queen, el diácono —o un lector cuando no hay diácono presente— avanza en procesión con el Libro de los Evangelios ligeramente elevado. Luego se coloca de manera destacada sobre el altar, el mobiliario central de nuestro culto. Esta colocación no es accidental. El primer gran movimiento de la Misa, la Liturgia de la Palabra, alcanza su punto culminante en la proclamación del Evangelio.
¿Por qué la Iglesia eleva el Evangelio de esta manera? Muy sencillamente, porque el Evangelio presenta las palabras y las acciones del mismo Jesús, dirigidas directamente a nosotros, su pueblo. Dios habla a través de toda la Sagrada Escritura, pero en el Evangelio lo hace del mismo modo en que Cristo habló mientras caminaba entre nosotros. Por esta razón, la proclamación del Evangelio está rodeada de más ritual que cualquier otra lectura. Un Aleluya —una aclamación de alabanza— lo precede, acompañado de un versículo cuidadosamente elegido. Se da una bendición al ministro que va a proclamar el Evangelio. Solo los clérigos ordenados pueden proclamar el Evangelio en la Misa, ya que esta responsabilidad les es confiada en la ordenación y fluye de su papel particular de proclamar a Cristo en medio de la asamblea.
En Mary Queen, con frecuencia las velas acompañan la procesión del Evangelio, un símbolo sencillo pero poderoso de Cristo, la Luz del Mundo. La introducción y la conclusión del Evangelio también son más solemnes que las de las otras lecturas, marcadas por el diálogo: «El Señor esté con ustedes» y la respuesta: «Y con tu espíritu». Trazamos la señal de la cruz sobre la frente, los labios y el corazón, pidiendo que la Palabra de Dios esté en nuestra mente, en nuestros labios y en nuestro corazón. En las Misas celebradas por un obispo, no es raro que el Libro de los Evangelios se utilice para impartir una bendición al final del Evangelio, como quizá hayan visto en la ordenación del Padre John.
Teniendo en cuenta todo este cuidado ritual, resulta lógico que el Libro de los Evangelios sea a menudo tan elaborado. El deseo de la Iglesia de ofrecer lo mejor de sus recursos para la proclamación de la Palabra de Dios nace de la reverencia, la gratitud y el amor, no del exceso.
Si observamos el interior del Libro de los Evangelios, notaremos que está organizado según la temporada litúrgica y el día, y no según el orden bíblico que encontramos en una Biblia personal. El texto carece de números de versículos y de anotaciones académicas. Este libro no está diseñado para el estudio, sino para la proclamación. Está pensado para ser escuchado con claridad y recibido en oración.
Esta elevada reverencia por el libro desde el cual se proclama la Escritura tiene raíces profundas en el culto judío, donde la Palabra de Dios es honrada de manera semejante, especialmente a través del uso del rollo de la Torá. Aunque los cristianos utilizamos libros en lugar de rollos, el impulso es el mismo. Así que la próxima vez que estés en la Misa, presta atención al Libro de los Evangelios y reconoce que el ritual que lo rodea busca prepararnos para recibir no solo palabras, sino a la Palabra viva proclamada en medio de nosotros.